Violencia de género, por el fin de la impunidad

GÉNERO

09/10/2015 – La Nación

“Ni una menos” fue la consigna que el 4 de junio de este año reunió a una multitud frente al Congreso. Pero poco después Claudia Schaefer era apuñalada por su esposo en un country y Liliana Beatriz Ortega agonizaba por los golpes que recibió de su ex yerno antes de morir carbonizada. Desafortunadamente los casos dados a conocer son muchos, pero más numerosos aún son los que no se publican y peor, los que no se conocen. ¿Cómo entender esta violencia histórica hacia la mujer? La respuesta debe incluir un enfoque antropológico y sociocultural.
Los hombres primitivos estaban paleológicamente programados para cazar, guerrear y sobrevivir, de modo que sus cuerpos fueron adaptándose, ganando altura, masa muscular y fuerza para enfrentar un medio lleno de peligros. Esta tarea hizo que también desarrollaran la agresión, para defenderse de ese mundo hostil. Hoy por hoy, si bien las diferencias biológicas y de conducta fueron modificándose, hay aspectos que no han desaparecido. Si analizamos la escala animal veremos que éstos tienen conductas agresivas, pero no violentas, que les permiten luchar para la supervivencia del individuo, del grupo y de la especie.
Las funciones psíquicas superiores de los seres humanos, que los diferencian de los animales, tienen una base biológica neuroanatómica en el lóbulo frontal del cerebro, cuya evolución dinámica y progresiva representa la auténtica hominización ligada a la toma de conciencia de las emociones, el resabio biológico más primitivo, que se expresa a través del temperamento y de su control. Si bien la agresión depende de sustancias químicas como son los neurotransmisores, las hormonas como la testosterona, una parte muy importante de nuestra vida depende de la estructura genética y del medio cultural, donde el interjuego de estos factores sobre las emociones y el temperamento es lo que finalmente constituye el carácter y la personalidad. Actualmente las neurociencias -aun con muchos interrogantes- aportan una valiosa información acerca de cómo las millones de células nerviosas individuales, en estrecha relación con el medio ambiente, dan lugar a una determinada conducta. La habilidad del ser humano para adaptarse a su entorno depende en gran medida del control de sus emociones.
Desde épocas remotas se consideró a la mujer como un ser inferior. Hacia el año 400 a.C., las leyes de Bizancio establecían que el marido era un dios que debía ser adorado por su mujer, tan insignificante que no podía recibir herencia ni beneficio alguno. El Corán estipula como un deber del hombre pegar a la esposa rebelde. El castigo corporal es legítima facultad masculina sobre su cónyuge y el esposo es exonerado de responsabilidad penal si la mujer falleciere como resultado de una golpiza con fines “educativos”. En épocas recientes, leyes como el decreto-ley aprobado por Arabia Saudita, Kuwait, Emiratos Árabes, Irán e Irak permiten apedrear hasta la muerte a la mujer adúltera. En el transcurso de la historia humana ningún derecho ha sido tan pisoteado e ignorado como el de la mujer.
Según la OMS, en las dos últimas décadas la violencia de género se ha incrementado en diversos países. En los Estados Unidos, por ejemplo, la golpiza es la mayor causa de heridas en las mujeres: en un año, cuatro mil de ellas son asesinadas; en Puerto Rico, el 50% de las mujeres víctimas de asesinato mueren en manos de sus esposos o ex esposos, y si bien en la Argentina no hay estadísticas oficiales, una mujer de cada cuatro es golpeada por su pareja y las organizaciones de derechos humanos aseguran que muere una mujer cada 31 horas.
La dominación masculina, el peso cultural machista y la violencia de género son factores que aún persisten, y pese a los avances de la informática se mantiene una pesada burocracia para el control y seguimiento de los casos. Se estima que hubo, en todo el mundo, 66.000 víctimas por año entre 2004 y 2009. Además de la ley 24632 promulgada en nuestro país, que condena los actos violentos contra la mujer, para que se cumpla el lema de la marcha de junio -“Ni una menos”- se requiere una mejor coordinación entre las distintas jurisdicciones, presupuestos acordes así como protocolos de seguridad y atención médica y psicológica. ¿O acaso será necesario enseñar ya desde la primaria defensa personal obligatoria para el sexo femenino, de modo tal que llegado el momento de la golpiza pueda defenderse de su atacante masculino?
Desafortunadamente hay una gran impunidad relacionada con este tipo de violencia de género, pero también hay algunos logros. Tal es el caso de Lorna Rodríguez, que sobrevivió luego de ser baleada por su marido a la salida del colegio de sus hijas y logró que el atacante fuera condenado a 21 años de prisión. Jorge Mangeri, considerado el único responsable del crimen de Ángeles Rawson, fue condenado a cadena perpetua por el Tribunal Oral en lo Criminal N° 9.
¿Qué más se puede hacer individual y colectivamente para que esto no continúe o por lo menos para que disminuya? ¿Seremos capaces de lograrlo nosotros, las generaciones venideras o nadie? Será imprescindible trabajar las emociones, la moral y el resabio animal que en ocasiones es causante de estos hechos. Nuestra historia cultural muestra que somos capaces de modificar conductas, de modo que es de esperar que logremos evitar estas agresiones que tanto deshonran a una humanidad, finalmente, engendrada por mujeres.
Doctora en medicina, genetista forense
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