“Mundo trapito”: arreglos con la Policía y gira por eventos

TRAPITOS

31/01/2016 Clarín

 Clarín reconstruyó a través de testimonios el accionar de los cuidacoches. Aseguran que la tarifa y la comisión viene impuesta y cuentan cómo cubrir toda la semana en distintos sitios.

Nahuel Gallotta Especial para Clarín

Hace dos años, una barrabrava de un equipo de Primera le ofreció a Mario (su nombre no es real) hacerse cargo de “los trapitos” durante las tres noches de shows de un artista internacional en la Ciudad.

A medida que pasaban los minutos del primer recital, a Mario se le acercaba gente. “Disculpá, ¿puedo trabajar? Arreglemos, dale”. “Dame una mano; necesito laburar.

Decime cuánto queres y yo hago la mía. Me dedico a esto hace años”, le rogaban. Mario recuerda que era toda gente humilde, “laburante”, como la describe; que le decían llegar desde Campana, Moreno, José C. Paz, entre otras localidades. El estaba con un grupo de conocidos que había convocado para trabajar las tres noches.

Pasó un rato y a Mario se le acercó más gente. Gente que ya sabía su nombre, que ya sabía dónde paraba y otras características. No eran cuidacoches que querían trabajar.

Esta vez, eran policías de civil de la comisaría con jurisdicción en el estadio.

Ellos, al igual que él, también tenían a su plantel de trapitos. Ahí surgió el primer problema de la noche.

“El monto de lo que se cobra lo pone siempre la Policía, por eso las tarifas varían tanto y son tan altas.

Solo laburan a colaboración los que están siempre en el mismo lugar, como los que trabajan cerca de una Municipalidad”, cuenta.

Esta semana el tema de exigir dinero por estacionar en la vía pública volvió a estar en discusión a partir del episodio ocurrido en el centro de San Martín, donde Leonel Biasutti fue golpeado por Fernando Abelik. Difundido el video, se reavivó la polémica. Francisco Quintana, jefe del bloque PRO en la Legislatura porteña explicó: “Hay que volver a poner el tema en la agenda. Ningún particular puede adueñarse del espacio público ni tarifar algo que es de todos”.

Desde aquella experiencia, Mario comenzó a interiorizarse en el tema. Siguió yendo a los estadios como hincha pero prestándole más atención a los que se ofrecían para cuidarle su auto. “La mayoría de los trapitos son independientes”, aclara.

“Van donde haya eventos. En Mar del Plata me crucé a pibes que trabajan en River y que trabajaron conmigo esas noches del recital. Si piden tanto es porque tienen que arreglar con los que les permiten estar ahí”. La imagen es hasta coti diana: una persona, muchas veces de civil, se acerca a una cuadra y calcula cuántos autos hay. Llama al trapito a cargo y le pide su parte.

El cuidacoches “medio” puede trabajar de lunes a lunes de lo mismo.

Están los que se muestran en zonas como San Telmo, Palermo, Costanera (donde hay movimiento todos los días) y los que varían según los espectáculos que ofrece la Ciudad: pueden estar en estadios de fútbol, hasta en torneos de polo o de tenis durante el fin de semana y de madrugada en discotecas. Hay trapitos que hacen temporada: este verano se supo de 30 que llegaron desde Tucumán a Pinamar. Como se les prohibió trabajar, exigieron una “recompensa” de 15 mil pesos para volver.

Pero volviendo a la histórica vinculación “barras-trapitos”, a lo cotilargo de estos años, distintos artículos periodísticos y causas penales comprobaron que muchas barrasbravas reciben viajes gratis y un dinero mensual por parte de los directivos. Que recaudan con la reventa de entradas para partidos y recitales y con la venta de ropa oficial y merchandising. Que muchos tienen cargos políticos y, algunos pocos, hasta porcentajes de pases de jugadores. El de los trapitos parecería ser un negocio menor comparado a los otros, teniendo en cuenta que es “compartido” con la Policía.

Según un revelamiento de Clarín con distintos barras, a lo sumo, los que participan del negocio trapito son las segundas o terceras líneas de la hinchada. “Participar” abarca desde poner a “trapitos” que recaudan para ellos hasta ir a quitarles a

Guillermo Kellmer

Hacía falta que una madre desesperada consiguiera las imágenes de la terrible agresión a su hijo para que en la zona de boliches de San Martín se redoblara la seguridad? ¿Hacía falta que la terrible trompada de un joven a otro con una cuidacoche de por medio reavivara la polémica sobre los trapitos? La respuesta para ambas preguntas es no. En San Martín, como en tantos municipios del Conurbano, la práctica extorsiva de los trapitos es parte de la escenografía. Y quedó claro en la recorrida que hizo anoche Clarín por la zona que es posible brindarle seguridad a los vecinos.

El debate lleva tiempo y la discusión si hay que prohibirlos o legalizarlos ya aburre. En la crónica principal de estas páginas hay relatos en primera persona. Y queda en evidencia que la extorsión en la calle es un gran negocio manejado por mafias integradas por políticos y fuerzas de seguridad.

El que está en la calle le rinde cuentas al que debería controlar la situación. Se podrá seguir discutiendo si es necesario una ley y lamentablemente se podrán repetir los casos de violencia.

Porque al problema hay que atacarlo en la raíz. Por lo menos ahora hay menos margen para hacerse los distraídos.

 

El monto de lo que se cobra lo pone siempre la Policía. Solo laburan a colaboración los que están siempre en el mismo lugar, por ejemplo, cerca de una Municipalidad” Vamos donde haya eventos. En Mar del Plata me crucé a pibes que trabajan en la cancha de River y que habían estado conmigo en recitales en Buenos Aires”

En la calle. Un trapito en acción en la zona gastronómica de Palermo, una de la zonas codiciadas. También están en recitales, partidos de fútbol y eventos deportivos. Luc iano Thieberger