Mi viaje en Uber

UBER

22/04/2016 – Revista Veintitrés – Mención Justicia Porteña.

Todavía no acepta todas las tarjetas. La experiencia de una periodista de Veintitrés en un auto particular, con silla de bebé y muñecos tirados en el piso. El entusiasmo del chofer y el rechazo de los taxistas.

Son las 4 de la tarde y estoy sentada en un café de Palermo, esperando que pare la tormenta para tomarme un taxi hasta Núñez. Es lunes, pero la calle es un infierno líquido: lleva media hora lloviendo, y vereda y asfalto ya son una unidad. Las empresas de radiotaxi están colapsadas. Llamo a tres y ninguna tiene móviles disponibles. Salgo a la calle pero en diez minutos no pasa uno vado. Hace unos días leí en un blog un artículo sobre Uber -la aplicación que vincula a pasajeros con choferes particulares dispuestos a llevarlos por un pago menor al del taxi- que incluía un código de promoción para viajar gratis en los dos primeros trayectos. Descargo la app e ingreso el código.

Para utilizar Uber es requisito vincular una tarjeta de crédito: no hay pago en efectivo.

Ingreso los datos de una Visa: “La empresa todavía no consiguió acuerdo con esa marca”. Pruebo con American Express y logro pedir un auto. El costo estimado es entre 73 y 95 pesos. La tarifa se ajusta al tiempo que demore en llegar. Por ese tramo siempre pago 120 pesos, así que de cualquier manera me conviene.

Desde la aplicación me informan que en cuatro minutos va a llegar Carlos, en un Toyota Corola gris. Mi papá tiene un Toyota Corola gris y vive a una cuadra de mi casa. Me acuerdo de un amigo explicándome hace unos años qué es Uber: “Imagínate que un vecino te ofrece llevarte a donde quieras a cambio de que le tires unos mangos, casi la mitad de lo que te cobraría un taxi. Es eso”. Me imagino que el que viene es mi papá, aunque él no me cobraría.

Suena mi celular. Es Carlos: -Estoy a 100 metros, necesito que te subas adelante para no tener problemas.

Uber comenzó a operar en Argentina el 12 de abril y ese mismo día se inició una batalla entre los responsables de la app, los taxistas y la Justicia {ver recuadro).

Al subir, lo primero que llama mi atención es una silla de bebé en el asiento trasero.

Le pregunto si es para disimular y me dice que no, que tiene dos hijos y sería incómodo sacar la silla cada vez que lleva pasajeros.

En el auto también hay una caja de pañuelos de papel y muñequitos de superhéroes tirados por todos lados. No hay taxímetro ni cuelgan los datos del conductor de una de las cabeceras.

Carlos tiene 40 años, una empresa de administración de edificios, dos hijos y es divorciado.

Es pelado, lleva una barba de dos días, viste jeans, campera de marca y tiene un hablar despreocupado.

Como algunos días le quedan varias horas libres, decidió sumarse a Uber para hacerse un ingreso extra. El miércoles 13, previo haber llenado un formulario en Internet, fue a una capacitación en Belgrano, donde le contaron cómo funciona el servicio y corroboraron que tenga la documentación al día: licencia de conducir, DNI, cédula verde, seguro del auto y un certificado de antecedentes penales. Carlos tiene carnet profesional de casualidad: una vez sacó la licencia de taxi como inversión.

Nadie inspeccionó su auto. Ni siquiera corroboraron cuál era. Dejó su CBU para que le transfieran las ganancias.

Todos los lunes a las 4 de la madrugada se hace el cierre y entre martes y miércoles le depositan. Uber le cobra el 25 por ciento de comisión por cada viaje que realiza…

“pero con todos los incentivos que te dan no es tanto”.

Carlos me muestra mensajes que recibió de la empresa en las últimas horas. El último ofrece “hasta 200 pesos asegurados x hora manejando con Uber”. Es decir que, si Carlos toma un viaje 1 que le lleva 60 minutos y recibe 70 pesos, la empresa se hace cargo de los 130 restantes.

Me cuenta que desde que se conecta lo “bombardean a mensajes. Es una motivación permanente. Y cada vez que me desconecto, me escriben para convencerme de que siga un rato más, que puedo hacer tanta guita extra”. Uno de los men sajes más tentadores ofrecía 9.000 mil pesos si llegaba a las 60 horas de servicio en 7 días. Hasta yo me tiento de ser una conductora de esta empresa norteamericana.

Carlos trabajó dos horas el día que fue a inscribirse, tres horas el jueves y cinco el viernes. El fin de semana lo reservó para estar con su familia. Mañana miércoles cumple una semana de trabajo: “Mi idea es sentarme esta noche a hacer cuentas: anotar cuánto gasté en nafta, cuántas horas trabajé y ver si me rinde. Todo parecería indicar que sí”.

Me cuenta que la empresa es muy flexible y los choferes no están obligados a aceptar los viajes. “Si cuando te subís me decís que vas a Luján, yo te puedo decir que no me conviene sin tener penalidad. Lo mismo si veo que estás borracho o me das desconfianza”.

Su mayor preocupación es el problema con los taxistas. “Hasta que no se arregle todo, yo tomo precauciones: no agarro viajes que vienen de Aeroparque, por si lo piden taxistas para increparme, y nunca espero al cliente: si no está cuando llego, sigo de largo”. Por esos motivos no acepta una foto.

Tardamos 18 minutos en llegar a Núñez.

Antes de saludarme, me muestra su aplicación -la versión de Uber para conductores-, donde le aparece su ganancia ($66,72) y me califica como cliente (5 puntos, el máximo). A mí me aparece el costo -$88,97-, aclara que no hay que abonar porque está dentro de la promoción, y lo califico a él: 5. Enseguida le llegan tres nuevos viajes para tomar: “Es así todo el tiempo. Hay más demanda que conductores”, concluye. Y nos saludamos deseándonos suerte como si fuéramos viejos conocidos.

Me quedo conforme con el servicio, aunque me pareció raro viajar adelante. También me gustaría que mi chofer tenga carnet profesional y seguro para llevarme.

Pero para todo eso, es necesario regular la actividad. Y todo parece más propenso a prohibirse que a otra cosa.

 

El conflicto

En el momento que Uber anunció su desembarco en Argentina -el 10 de marzo- estalló la polémica. El gremio de los taxistas acusa a la empresa de “precarizar” el sector y anunció que “bajo ningún concepto” permitirán la utilización de la aplicación en el país. En la última semana los taxistas realizaron dos marchas y 25 cortes callejeros contra la aplicación -que ya suma 200 mil descargas-, que en respuesta informó a sus usuarios, con el hashtag #DerechoAEIegir, que cada uno podría acceder a viajes gratis por un monto de 200 pesos.

La Secretaría de Transporte informó que la app no es legal de acuerdo con las normativas de la Ciudad y la Justicia porteña ordenó al gobierno de la Ciudad de Buenos Aires que arbitre las medidas necesarias para suspender cualquier actividad que desarrolle la empresa. El enojo de los taxistas se debe a que ellos deben estar habilitados como choferes profesionales, pagar una licencia por el uso del auto como taxi y tener al día el seguro de pasajeros, mientras que los choferes de Uber no deben cumplir ninguno de estos requisitos.

Mariano Otero, CEO de la empresa, aseguró que la app sí es legal porque el artículo 1.280 del Código Civil y Comercial establece que “un prestatario y un prestador pueden establecer un contrato de transporte entre privados’.