Sin manteros hace más de un año, renovaron fachadas y veredas de la estación Once

MANTEROS

18/09/2018 Clarín

María Belén Etchenique

Las obras comenzaron del lado de Pueyrredón. También trabajaron en la recova, donde antes no se podía caminar porque los puestos ocupaban el espacio público.


No se veía. Y si se veía, se evitaba.
Siempre atestada de personas cargando bultos, con sus aceras tomadas por manteros, las columnas llenas de carteles, el piso mugriento. La recova de Once era un agujero negro; como también lo era la estación de trenes, en la que murieron 51 personas; y, a unas cuadras de ahí, Cromañón, el boliche que en la madrugada del 30 de diciembre de 2004 no paró de escupir cadáveres. Hoy, los alrededores de ese Once maldito lucen diferentes, sin venta ilegal y con la fachada y las veredas reparadas.
Once fue -y por momentos sigue siendo- un territorio sin control, en donde todo lo que podía salir mal, salía mal. Y después de las dos tragedias más graves en la historia reciente del país, la imagen de desmadre volvió con el desalojo de los manteros, en enero de 2017. Hubo piquetes, incendios de contenedores, pedradas, choques entre vendedores y policías.
Ahora el entorno es otro. Los manteros no están. Al menos, no con sus puestos fijos. Algunos muestran la mercadería en valijas, pronta para ser levantada cuando aparezca algún control. Tampoco están en la misma proporción: antes había uno cada dos comercios legales. Hoy la mayoría fue mudada a paseos de compras oficiales.
Y la zona vive un proceso de transformación.
“Fue imprescindible sacar a los manteros. De otro modo, no se hubiese podido renovar la recova y la fachada de la estación”, dice Flavia Rinaldi, gerenta de la Dirección de Regeneración Urbana de la Ciudad.
Primero, a mediados del año pasado, se empezó por la fachada de la estación.
Diez días tardaron en demoler una marquesina que, como una dentadura, salía desde el acceso central y funcionaba de techo en parte de la vereda de Rivadavia.
Era una estructura ajena en un edificio descomunal, que en verdad no es uno, sino tres. Porque la construcción de la terminal Once de Septiembre es una historia de unión. En 1896, en la esquina de Mitre y Pueyrredón, se inauguró un edificio chico, con frentes simétricos. Lo proyectó un arquitecto holandés, Juan J. Doyer, y se lo conoció como el Edificio de Pasajeros.
Tres años más tarde, se lo replicó en volumetría y estilo en la otra esquina de Pueyrredón, para que ahí funcionara la Bolsa de Cereales. En 1907, cuando fue necesario ampliar la terminal, el mismo Doyer decidió unir los edificios, con una nueva estructura.
Sobre ella trabajó la arquitecta Noelia Arango. “La marquesina había anulado los arcos originales. Para terminar de sacarla y recuperarlos hubo que hacer un refuerzo estructural dentro de la estación”, describe Arango, parada a metros de la estación.
Durante ocho meses permaneció sobre ese frente, colgada en andamios, cambiando de acceso en acceso. El caudal de personas que circulan por Once hacía imposible el cierre de los ingresos. Es que sólo el tren ya mueve unos 50.000 pasajeros diarios.
Para Pilar García Arilla, trabajar en un entorno tan poblado también fue un desafío. Ella no estuvo al frente de la obra de la estación, sino de la recova.
“La idea fue unificarla. Antes, había cables que cruzaban de punta a punta, carteles que tapaban molderías, equipos de aire acondicionado sobre las veredas, motores de cortinas por fuera de los negocios”, enumera García Arilla. Y se refiere al ruido que por años acumuló la recova, un punto que en su origen albergó ferreterías y corralones, y que recién con la inauguración de la estación (en 1896) cambió su perfil con la instalación de cafés, tiendas y hoteles. Después, todo fue en picada.
“Las fachadas de los edificios representan la unión entre el ámbito público y el privado. La recova y la fachada de la estación son un ícono de la zona, por eso es que las pusimos en valor, volviéndolas más fácil de transitar”, explica Eduardo Macchiavelli, ministro de Espacio Público de la Ciudad. En tanto, Rinaldi, gerenta del proyecto, avanza sobre esa idea: “Al descubrir la recova aparecieron las firmas de los arquitectos originales y un grabado sobre un frigorífico cuyas oficinas funcionaron aquí”.
La obra para recuperar la fachada estuvo a cargo del Ministerio de Espacio Público y Trenes Argentinos, la operadora del Sarmiento. Costó $ 5,4 millones. A su vez, la recuperación de la recova la hizo la Ciudad, con una inversión de casi $ 4 millones..

Liberada y reparada. La fachada de la terminal que da a la avenida. Hasta enero de 2017 las veredas estaban obstaculizadas incluso por estructuras metálicas. FOTOS: MARIO QUINTEROS

Más prolijas. Las veredas de la recova también fueron arregladas.